Cómo empezamos

Con dos costales, una báscula prestada y la terquedad de que esto tenía sentido.

Todo empezó con una pregunta tonta: ¿por qué tenía que ir a un lado por composta y a otro por incienso? Las mismas manos que entierran una semilla son las que prenden una vela. La misma persona que revisa la luna para podar es la que la revisa para cargar sus cuarzos. Nunca fueron mundos separados, solo tiendas separadas.

Si siembras

Semillas que aguantan el calor de aquí, sustrato que no se compacta, composta viva, alimento para tus gallinas. Lo que de verdad funciona en una azotea de Mérida, no lo que dice el manual de otro clima.

Si invocas

Hierbas secadas al sol, resinas que cuesta encontrar, cuarzos sin historias inventadas, velas y brisas. Para tu práctica de todos los días, la que nadie ve.

Vendemos a granel porque así compraba mi abuela y funcionaba. Traes tu frasco, lo pesamos vacío, lo llenas con lo que ocupas. Si necesitas cincuenta gramos de lavanda, te llevas cincuenta gramos — no un paquete de doscientos que se te va a echar a perder en la alacena. Menos basura, menos gasto, más sentido común.

Conocemos a quien produce lo que vendemos. La composta la hace una familia en Umán; las hierbas frescas vienen de una huerta en Conkal. Les pagamos lo que vale y les damos espacio en nuestros costales. Por eso a veces se acaba algo y hay que esperar a la siguiente cosecha — así son las cosas cuando no le compras a una bodega sin cara.

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Calle 36 diagonal x 24 No 301, Fraccionamiento Montebello, Mérida, Yucatán